Un dolor ingresaba como espina por mi vientre. Tres siluetas blancas se arrimaban alrededor, y mi conciencia dormitaba.
Un sudor frío corría por mi espalda, y por mis brazos una brisa acurrucaba mi piel tomándome de las manos. Miro a mi costado, y un hombre tan helado como yo mirábame con compasión. No había tierra ni agua sin ser bebida, consumado todo espacio vacío, hallábame en el centro, tendida. Situada en una burbuja no existía más lugar para mí que donde me asignaron subsistir. Mis brazos, tan delgados como dos espigas, intervenían agotadas sobre mí apaciguando el dolor. Era de menester huir de aquel recinto, a pesar de que eso implicara despojarme de los comienzos. Hacía cuatro años mi parto fue catastrófico, y mi destino me ha dado nuevamente la misma suerte. He perdido una parte de mí. Aquella criatura yacía muerta a unos metros del lecho que me contenía. Su frágil cuerpo y sus deditos permanecían inmóviles.
¡Dónde estás OH menguante salida!
Dejadme gritar, no cubras mi boca con sudarios y lienzos sidrosos.
- La perdemos-.
- ¡Se nos va!-.
- Hay derrame, necesitamos reponer la sangre-.
Dos siluetas conversaban, y como un sueño todo se desvanecía. Frente a mis ojos una pizarra blanca, las instrucciones de la juventud se derretían con el crujir de mis dientes, imágenes de pequeña cuando corría por los valles, se fundían con el olvido. Todo era absorbido. El presente tornadizo confundía las lágrimas de un ayer con la llovizna fría que acariciaba el ventanal de la sala. Por ella se vislumbraba un roble, y en sus anzuelos quedaban muertas las estaciones. A su lado permanecía un niño de pie que con sus cirios suplicaba una madre. Tenía unos cuatro años, y sus rasgos se asemejaban a los de mi amado. Por el reflejo del vidrio veíase la figura de mis ojos, que se asemejaban a los del pequeño. Esos ojos que irradiaban brillo y luminosidad. Ese dulce candor que emanaba sucesos volátiles y fugaces. Esas pupilas negras y ojos encorvados. Mi imagen figuraba en él tiernamente.
Fue entonces cuando del roble cayeron millares de hojas todas marchitas, y en suaves soplos, una de esas hojas llegó a mi mano derecha.
El tiempo rompió esquemas, y el día no era sino otro después de muchos. Sentía como aquella pizarra blanca caía sobre mí y no me dolía. En su defecto, la traspasé y me vi a la salida con la quebrada de la floresta.
Mi vientre tajado, dulce vino rojo humedecía la estancia, y de la burbuja en que me hallaba, fui lanzada a la arboleda. A la altura de mis pies había un tumulto, era un bebé que se elevaba plácidamente en una luz difuminándose con el firmamento.
Me levanté, y me situé al lado de un niño de unos cuatro años que estaba al lado de un roble que tornábase frondoso, y por una ventana, mirábamos a una mujer recostada, con una hoja verde en su mano derecha, que yacía con su cuerpo inerte ya sin vida.
Ditd
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