Un clamor de la aletanía sollozaba su llegada
ese canto ligero estremecía la llamarada blanca.
Su fortuita apariencia en la penumbra,
con una soga marcaba la sangre de mi sangre
Y de ella crugía la sequedad de sus palabras.
Han muerto los cirios
y en fallecimiento mi delirio a dormido.
Veo la luz ser destruida en el precipicio,
y su escultura apaciguada
no revela su dulce religión.
El espeso fulgor de encontrar
a logrado hallar la llave,
y con ella la destrucción
agonizante de mis plegarias.
El fin del respiro estaba a mi lado,
y debí complacerla.
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